Una mujer sorprendente. Relato gastronómico



Tiene el amor un variado repertorio de caprichos, entre los cuales la necesidad de constantes sorpresas es una fuente inagotable de trastornos pero también de afortunados resultados amatorios, si es que los amantes son capaces de satisfacer su mutua avidez de novedad y sorpresa. «Asómbrame» se susurran entre sí los más lúcidos, y ni ternura ni falsos romanticismos suelen visitarlos en tan solemne momento. 


Fragmento del relato de Mercedes Abad, extraído de:

Abad, M. (2012). Ligeros libertinajes sabáticos. Barcelona: Tusquets, p. 23.


Escondido


Mientras que me arrastraba del mundo la corriente fugitiva, yo jamás olvidaba que hacia la muerte caminando iba…

Abu-l-Satl


      Esperando que sea la hora a la que viene ella. Es con la única persona con la que mantengo contacto desde hace un mes. No me resulta tan difícil estar encerrado en este altillo después de todo el miedo que he pasado en el frente y los compañeros que he perdido. Me siento egoísta al pensar que, al menos, han sido ellos y no yo. A veces, bajo a la cuadra y me paseo. Por la noche, cuando no hay luna, salgo fuera y me fumo un cigarro.
      Ha llamado a la puerta con nuestro número de golpes acordado. Hoy viene antes de tiempo.
      —Manuel, soy yo.
      ¿Qué me traerá hoy mi mujer? Un guisado de hinojo me vendría bien para calentar mi cuerpo contraído. La oigo subir los peldaños de la escalera de mano.
      —Manuel, tienes que cambiar de escondite. Te han delatado. Me lo ha dicho tu primo Eulogio que tenía guardia en el cuartel. Dice que tienes que cambiar de escondite inmediatamente.
      —Pero, ¿quién? ¿Quién ha sido el chivato?
      —Ha sido tu padre.
      En tiempo de guerra, cualquier persona podía aprovechar para ejercer su venganza. Mi padre. Su rencor hacia mi madre por haberse divorciado era inconmensurable y la ejerció a través de mí.


Relato de Virginia Cañizares

Escondido


Cada cual lleva dentro,
mientras vive, 
una vida segura.
Que ha de perder:
una vida insegura.

Juan Gil-Albert


      Esperando que sea la hora a la que viene ella. Es con la única persona con la que mantengo contacto desde hace un mes. No me resulta tan difícil estar encerrado en este altillo después de todo el miedo que he pasado en el frente y los compañeros que he perdido. Me siento egoísta al pensar que, al menos, han sido ellos y no yo. A veces, bajo a la cuadra y me paseo. Por la noche, cuando no hay luna, salgo fuera y me fumo un cigarro.
      Ha llamado a la puerta con nuestro número de golpes acordado. Hoy viene antes de tiempo.
      —Manuel, soy yo.
      ¿Qué me traerá hoy mi mujer? Un guisado de hinojo me vendría bien para calentar mi cuerpo contraído. La oigo subir los peldaños de la escalera de mano.
      —Manuel, tienes que cambiar de escondite. Te han delatado. Me lo ha dicho tu primo Eulogio que tenía guardia en el cuartel. Dice que tienes que cambiar de escondite inmediatamente.
      —Pero, ¿quién? ¿Quién ha sido el chivato?
      —Ha sido tu padre.
      En tiempo de guerra, cualquier persona podía aprovechar para ejercer su venganza. Mi padre. Su rencor hacia mi madre por haberse divorciado era inconmensurable y la ejerció a través de mí.


Relato de Virginia Cañizares

Desertor


Un día amanecido como los demás días 
de esta primavera,
mas, inesperadamente, la ciudad
se ha abierto como un fruto de muerte, 
ha estallado
en llantos y alaridos,
y en el azul violado de su cielo,
ha prendido,
colgando hasta sus ruinas,
negros crespones de humo.

Vicente Mojica


      No debería ser el protagonista de ninguna historia. Sé que a los ojos de los demás debo ser un cobarde, pero el único instinto que me mueve es la supervivencia. No soy un romántico y tengo veintitrés años. No tengo fe, ni en Dios, ni en la República, ni en el amor. Después de luchar en el frente con la Brigada 111ª en Brunete, tomé una decisión: no volvería a pasar por eso. Y, sin prisa, esperé mi ocasión para huir de la guerra.

      Tuve la suerte de caer herido en la batalla y me dieron un mes de permiso. Volví a mi pueblo, en la huerta de Alicante, a recuperarme. En ese tiempo, me casé con mi novia. Necesitaba a alguien que me cuidara y con quien desfogar un deseo sexual que, ante la inminencia de la muerte, se mostraba implacable. Carmen estaba locamente enamorada de mí y accedió.

      Después de la boda, nos fuimos a vivir a Alicante, al barrio de Benalúa, al piso que un amigo me dejó. Tras la convalecencia, debía presentarme todos los días en el cuartel. Un martes del año 1938 fui, como todos los días, pero no me dejaron salir.

      Debía presentarme en la plaza de toros de Castellón para formar una Brigada. Me dieron un suministro, que consistía en tres chuscos de pan y una lata de mermelada, y a las tres de la tarde cogí el tren lleno de asustados jóvenes uniformados.

      Durante el viaje en tren, a la altura de Nules, nos bombardearon. A mi alrededor, tan solo veía compañeros muertos y cuerpos desmembrados. A los supervivientes nos dieron órdenes de subir a cualquier camión que fuera dirección a Castellón. Yo cogí uno de carabineros, pero dirección a Alicante. Me convertí en un desertor.

Relato de Virginia Cañizares

Desertor


Cada cual lleva dentro,
mientras vive, 
una vida segura.
Que ha de perder:
una vida insegura.
.

Juan Gil-Albert


      No debería ser el protagonista de ninguna historia. Sé que a los ojos de los demás debo ser un cobarde, pero el único instinto que me mueve es la supervivencia. No soy un romántico y tengo veintitrés años. No tengo fe, ni en Dios, ni en la República, ni en el amor. Después de luchar en el frente con la Brigada 111ª en Brunete, tomé una decisión: no volvería a pasar por eso. Y, sin prisa, esperé mi ocasión para huir de la guerra.

      Tuve la suerte de caer herido en la batalla y me dieron un mes de permiso. Volví a mi pueblo, en la huerta de Alicante, a recuperarme. En ese tiempo, me casé con mi novia. Necesitaba a alguien que me cuidara y con quien desfogar un deseo sexual que, ante la inminencia de la muerte, se mostraba implacable. Carmen estaba locamente enamorada de mí y accedió.

      Después de la boda, nos fuimos a vivir a Alicante, al barrio de Benalúa, al piso que un amigo me dejó. Tras la convalecencia, debía presentarme todos los días en el cuartel. Un martes del año 1938 fui, como todos los días, pero no me dejaron salir.

      Debía presentarme en la plaza de toros de Castellón para formar una Brigada. Me dieron un suministro, que consistía en tres chuscos de pan y una lata de mermelada, y a las tres de la tarde cogí el tren lleno de asustados jóvenes uniformados.

      Durante el viaje en tren, a la altura de Nules, nos bombardearon. A mi alrededor, tan solo veía compañeros muertos y cuerpos desmembrados. A los supervivientes nos dieron órdenes de subir a cualquier camión que fuera dirección a Castellón. Yo cogí uno de carabineros, pero dirección a Alicante. Me convertí en un desertor.

Relato de Virginia Cañizares

Del qué dirán ni caso,
en un pispás se pasa la vida 
y, a este paso,
si te descuidas, ni eso. 
O la tomas con guasa
o te la dan con queso.

Juan Ramón Torregrosa


      El abuelo me contó que, después de la República, había vivido en este pueblo. Estaba por entonces tan aislado que solo se accedía a él por camino de herradura y en los meses de verano. Fue debido a este aislamiento por lo que llegó hasta aquí, donde no tenían conocimiento de lo que había supuesto el nuevo gobierno, ni habían sufrido calamidad alguna durante la guerra civil. Al principio, fue rechazado, pero sus conocimientos de medicina natural y ciertas casualidades le integraron.

      Tenían una cultura vinícola, de la que participaban abiertamente las mujeres, y en esa cueva, ahora abierta al turismo, ponían a madurar el mosto, porque al fondo mantiene todo el año la misma temperatura ideal.

      Se hacían fiestas comunales donde el vino era el único protagonista y ciertas actitudes que la técnica ha vuelto banales se practicaban como un rito en esta comunidad apartada del mundo.

Relato de Olga Reinoso

Un ansia de vino fuerte
hacia este campo ha subido 
y hay un deseo de olvido
y un olvido de muerte.
Manuel Molina


      El abuelo me contó que, después de la República, había vivido en este pueblo. Estaba por entonces tan aislado que solo se accedía a él por camino de herradura y en los meses de verano. Fue debido a este aislamiento por lo que llegó hasta aquí, donde no tenían conocimiento de lo que había supuesto el nuevo gobierno, ni habían sufrido calamidad alguna durante la guerra civil. Al principio, fue rechazado, pero sus conocimientos de medicina natural y ciertas casualidades le integraron.

      Tenían una cultura vinícola, de la que participaban abiertamente las mujeres, y en esa cueva, ahora abierta al turismo, ponían a madurar el mosto, porque al fondo mantiene todo el año la misma temperatura ideal.

      Se hacían fiestas comunales donde el vino era el único protagonista y ciertas actitudes que la técnica ha vuelto banales se practicaban como un rito en esta comunidad apartada del mundo.

Relato de Olga Reinoso

Las maestras de la República


Forja que te forja, labra que te labra
de la aurora al crepúsculo del sueño
una espumosa y nítida palabra.

Rafael Azuar


     Corrían los chiquillos formando nubes de polvo en el camino, gritando y aporreando todas las puertas, anunciando la llegada de la maestra. Su melena era corta y el vestido, también algo más corto de lo normal. Traía una vieja maleta de cartón con más sueños que bártulos, y un libro en la mano.

     La improvisada escuela era un antiguo establo, insalubre y pestilente, pero la ilusión y el deber pudieron con el desánimo y entre todos lo limpiaron, lo pintaron y trajeron cualquier cosa en la que poder sentarse. No necesitaron mucho más, porque ella llenaba el espacio con números y letras, música y poesía. Inundaba de magia sus pequeñas vidas cada día.

     Con poco papel y algunos lápices, se las apañó para que todos aprendieran a leer y escribir y los educó en la libertad y la igualdad. Acalló las noticias de la guerra con sus canciones, para que no salieran de su mundo de criaturas inocentes a tropezarse con la realidad. Y la realidad era que, no muy lejos de allí, la República había muerto en el puerto de Alicante, frente al mar. Y todos los sueños quedaron por realizar, dentro de su vieja maleta.

Relato de Estrella González

Las maestras de la República


El mundo es tan grande…
y tantos los libros,
y tantos los sueños…

Joaquín Juan Penalva


     Corrían los chiquillos formando nubes de polvo en el camino, gritando y aporreando todas las puertas, anunciando la llegada de la maestra. Su melena era corta y el vestido, también algo más corto de lo normal. Traía una vieja maleta de cartón con más sueños que bártulos, y un libro en la mano.

     La improvisada escuela era un antiguo establo, insalubre y pestilente, pero la ilusión y el deber pudieron con el desánimo y entre todos lo limpiaron, lo pintaron y trajeron cualquier cosa en la que poder sentarse. No necesitaron mucho más, porque ella llenaba el espacio con números y letras, música y poesía. Inundaba de magia sus pequeñas vidas cada día.

     Con poco papel y algunos lápices, se las apañó para que todos aprendieran a leer y escribir y los educó en la libertad y la igualdad. Acalló las noticias de la guerra con sus canciones, para que no salieran de su mundo de criaturas inocentes a tropezarse con la realidad. Y la realidad era que, no muy lejos de allí, la República había muerto en el puerto de Alicante, frente al mar. Y todos los sueños quedaron por realizar, dentro de su vieja maleta.

Relato de Estrella González

Un adiós


Tacto de la caricia,
mira cómo renace la yerba en mis dedos.

Trina Mercader 


     «Deja que me lleve tu esencia guardada en cada poro, para que aflore sobre mi piel cuando te añore, triste, frente a la muerte o la victoria», susurró. Y se amaron aquella tórrida tarde de septiembre, con la urgencia de la inminente partida, sus cuerpos acoplándose, entre sudor y resuellos, deleitándose en cada instante, en cada centímetro. Un clímax detrás de otro y otro. Embriagados de sí mismos, ciegos, sordos, ajenos al presente, inmunes al futuro.

     Al día siguiente, él desfiló reluciente, henchido de valor, orgulloso miembro del Batallón «Alicante Rojo». Más tarde, en la estación, la tomó de las manos desde la ventanilla, y mientras las besaba, el tren arrancó y un escalofrío electrizante les sacudió. Ella quedó en el andén, el viento vapuleaba su pelo y su falda. Sintió que una nueva vida anidaba en sus entrañas y se acarició el vientre, esbozando una sonrisa.


Relato de Estrella González

Un adiós


Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.
Miguel Hernández 


     «Deja que me lleve tu esencia guardada en cada poro, para que aflore sobre mi piel cuando te añore, triste, frente a la muerte o la victoria», susurró. Y se amaron aquella tórrida tarde de septiembre, con la urgencia de la inminente partida, sus cuerpos acoplándose, entre sudor y resuellos, deleitándose en cada instante, en cada centímetro. Un clímax detrás de otro y otro. Embriagados de sí mismos, ciegos, sordos, ajenos al presente, inmunes al futuro.

     Al día siguiente, él desfiló reluciente, henchido de valor, orgulloso miembro del Batallón «Alicante Rojo». Más tarde, en la estación, la tomó de las manos desde la ventanilla, y mientras las besaba, el tren arrancó y un escalofrío electrizante les sacudió. Ella quedó en el andén, el viento vapuleaba su pelo y su falda. Sintió que una nueva vida anidaba en sus entrañas y se acarició el vientre, esbozando una sonrisa.


Relato de Estrella González

La leyenda del Puig Campana


Escribí en el arenal
los tres nombres de la vida:
vida, muerte, amor.

Miguel Hernández 


      El gigante Roldán habitaba en la ladera del Puig Campana. Su vida era anodina, solitaria y triste. Bebía el vino que él mismo hacía para olvidar su lastimosa vida.

      Un día en que bajó al llano para cazar algún animal que le alimentara más que las hierbas de la sierra, vio ante él a una hermosa joven y quedaron prendados el uno del otro.

      Su vida juntos era la suprema felicidad.

      Un día, un hechicero que pasaba por allí le advirtió que su amada moriría al ponerse el sol. Roldán corrió al encuentro de ella, pero, cuando llegó, la joven ya moría.

      Desesperado e impotente, subió a la cima para abrir una obertura en la montaña por la que se filtraran aquellos rayos de sol que podían conceder unos minutos más de vida a su amor. De un gran puntapié, arrancó una enorme roca que cayó en el mar.

      Al volver, su amada yacía muerta.

      La cogió en brazos, llevando con ella exóticas flores y frutas que allí se criaban, y, caminando entre las aguas, la llevó al islote en que se había transformado aquella roca arrancada. Allí, la abrazó con dulzura y yació junto a ella para protegerla hasta la eternidad.


Relato de Paco Saval

La leyenda del Puig Campana


Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.

Miguel Hernández 


      El gigante Roldán habitaba en la ladera del Puig Campana. Su vida era anodina, solitaria y triste. Bebía el vino que él mismo hacía para olvidar su lastimosa vida.

      Un día en que bajó al llano para cazar algún animal que le alimentara más que las hierbas de la sierra, vio ante él a una hermosa joven y quedaron prendados el uno del otro.

      Su vida juntos era la suprema felicidad.

      Un día, un hechicero que pasaba por allí le advirtió que su amada moriría al ponerse el sol. Roldán corrió al encuentro de ella, pero, cuando llegó, la joven ya moría.

      Desesperado e impotente, subió a la cima para abrir una obertura en la montaña por la que se filtraran aquellos rayos de sol que podían conceder unos minutos más de vida a su amor. De un gran puntapié, arrancó una enorme roca que cayó en el mar.

      Al volver, su amada yacía muerta.

      La cogió en brazos, llevando con ella exóticas flores y frutas que allí se criaban, y, caminando entre las aguas, la llevó al islote en que se había transformado aquella roca arrancada. Allí, la abrazó con dulzura y yació junto a ella para protegerla hasta la eternidad.


Relato de Paco Saval

Tajo del gigantón Roldán


Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada de sol adonde quieres,
con un solar impulso, con una luz suprema,
cumbre de las mañanas y los atardeceres.

Miguel Hernández 


      Finestrat, pueblo erigido en la falda de la montaña del Puig Campana, debe su nombre a la derivación de «finistra» (‘ventana’). Esto es debido a la semejanza de una forma que hay en su cúspide con una gran ventana, que ha dado paso a leyendas e historias como la del «Tajo del gigantón Roldán». Cuenta que Roldán encontró su amor al pedirle agua a una hermosa doncella. Ella se sorprendió por su estatura, pero no se amilanó por ello y le ofreció su agua, a la vez que una tierna mirada y una provocadora sonrisa que cautivaron al instante al gigante. Con su consentimiento, la llevó a vivir con él a su cabaña, donde por un tiempo lograron ser felices.

      Al volver un día de caza, Roldán encontró a su amada agonizando, languideciendo con el día, y corrió con ella a la cima de la montaña, persiguiendo al sol que plácidamente se iba retirando. Ante la impotencia de evitar que se ocultara tras su cumbre, hizo un tajo en la roca formando una gran ventana y reteniendo así un poco más la luz que retrasaba su muerte. Coincidió el último suspiro de su amada con el último rayo de sol. Tanta fue su desesperación que, de impotencia y de rabia, le dio una patada a la roca cortada con tanta fuerza que la hizo caer en el mar, donde aún sigue hasta hoy como recuerdo del frustrado amor de la insólita pareja convertido en islote de Benidorm.

Relato de Victoria Carreres

Tajo del gigantón Roldán


Cantava el grumet a la matinada. Mare com
cantava. Oh, Aitana, Aitana, tu la capitana. 
Entrava la brisa per una finestra de ferros y alfàbrega,
oberta a la mar li arribava a l’era. Cantava, cantava
metall i suors del dia que avança pel camp de batalla.

V. Andrès Estellés 


      Finestrat, pueblo erigido en la falda de la montaña del Puig Campana, debe su nombre a la derivación de «finistra» (‘ventana’). Esto es debido a la semejanza de una forma que hay en su cúspide con una gran ventana, que ha dado paso a leyendas e historias como la del «Tajo del gigantón Roldán». Cuenta que Roldán encontró su amor al pedirle agua a una hermosa doncella. Ella se sorprendió por su estatura, pero no se amilanó por ello y le ofreció su agua, a la vez que una tierna mirada y una provocadora sonrisa que cautivaron al instante al gigante. Con su consentimiento, la llevó a vivir con él a su cabaña, donde por un tiempo lograron ser felices.

      Al volver un día de caza, Roldán encontró a su amada agonizando, languideciendo con el día, y corrió con ella a la cima de la montaña, persiguiendo al sol que plácidamente se iba retirando. Ante la impotencia de evitar que se ocultara tras su cumbre, hizo un tajo en la roca formando una gran ventana y reteniendo así un poco más la luz que retrasaba su muerte. Coincidió el último suspiro de su amada con el último rayo de sol. Tanta fue su desesperación que, de impotencia y de rabia, le dio una patada a la roca cortada con tanta fuerza que la hizo caer en el mar, donde aún sigue hasta hoy como recuerdo del frustrado amor de la insólita pareja convertido en islote de Benidorm.

Relato de Victoria Carreres