Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.
Miguel Hernández
«Deja que me lleve tu esencia guardada en cada poro, para que aflore sobre mi piel cuando te añore, triste, frente a la muerte o la victoria», susurró. Y se amaron aquella tórrida tarde de septiembre, con la urgencia de la inminente partida, sus cuerpos acoplándose, entre sudor y resuellos, deleitándose en cada instante, en cada centímetro. Un clímax detrás de otro y otro. Embriagados de sí mismos, ciegos, sordos, ajenos al presente, inmunes al futuro.
Al día siguiente, él desfiló reluciente, henchido de valor, orgulloso miembro del Batallón «Alicante Rojo». Más tarde, en la estación, la tomó de las manos desde la ventanilla, y mientras las besaba, el tren arrancó y un escalofrío electrizante les sacudió. Ella quedó en el andén, el viento vapuleaba su pelo y su falda. Sintió que una nueva vida anidaba en sus entrañas y se acarició el vientre, esbozando una sonrisa.
Al día siguiente, él desfiló reluciente, henchido de valor, orgulloso miembro del Batallón «Alicante Rojo». Más tarde, en la estación, la tomó de las manos desde la ventanilla, y mientras las besaba, el tren arrancó y un escalofrío electrizante les sacudió. Ella quedó en el andén, el viento vapuleaba su pelo y su falda. Sintió que una nueva vida anidaba en sus entrañas y se acarició el vientre, esbozando una sonrisa.
Relato de Estrella González

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