Las maestras de la República


Forja que te forja, labra que te labra
de la aurora al crepúsculo del sueño
una espumosa y nítida palabra.

Rafael Azuar


     Corrían los chiquillos formando nubes de polvo en el camino, gritando y aporreando todas las puertas, anunciando la llegada de la maestra. Su melena era corta y el vestido, también algo más corto de lo normal. Traía una vieja maleta de cartón con más sueños que bártulos, y un libro en la mano.

     La improvisada escuela era un antiguo establo, insalubre y pestilente, pero la ilusión y el deber pudieron con el desánimo y entre todos lo limpiaron, lo pintaron y trajeron cualquier cosa en la que poder sentarse. No necesitaron mucho más, porque ella llenaba el espacio con números y letras, música y poesía. Inundaba de magia sus pequeñas vidas cada día.

     Con poco papel y algunos lápices, se las apañó para que todos aprendieran a leer y escribir y los educó en la libertad y la igualdad. Acalló las noticias de la guerra con sus canciones, para que no salieran de su mundo de criaturas inocentes a tropezarse con la realidad. Y la realidad era que, no muy lejos de allí, la República había muerto en el puerto de Alicante, frente al mar. Y todos los sueños quedaron por realizar, dentro de su vieja maleta.

Relato de Estrella González

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