Cada cual lleva dentro,
mientras vive,
una vida segura.
Que ha de perder:
una vida insegura.
.
Juan Gil-Albert
No debería ser el protagonista de ninguna historia. Sé que a los ojos de los demás debo ser un cobarde, pero el único instinto que me mueve es la supervivencia. No soy un romántico y tengo veintitrés años. No tengo fe, ni en Dios, ni en la República, ni en el amor. Después de luchar en el frente con la Brigada 111ª en Brunete, tomé una decisión: no volvería a pasar por eso. Y, sin prisa, esperé mi ocasión para huir de la guerra.
Tuve la suerte de caer herido en la batalla y me dieron un mes de permiso. Volví a mi pueblo, en la huerta de Alicante, a recuperarme. En ese tiempo, me casé con mi novia. Necesitaba a alguien que me cuidara y con quien desfogar un deseo sexual que, ante la inminencia de la muerte, se mostraba implacable. Carmen estaba locamente enamorada de mí y accedió.
Después de la boda, nos fuimos a vivir a Alicante, al barrio de Benalúa, al piso que un amigo me dejó. Tras la convalecencia, debía presentarme todos los días en el cuartel. Un martes del año 1938 fui, como todos los días, pero no me dejaron salir.
Debía presentarme en la plaza de toros de Castellón para formar una Brigada. Me dieron un suministro, que consistía en tres chuscos de pan y una lata de mermelada, y a las tres de la tarde cogí el tren lleno de asustados jóvenes uniformados.
Durante el viaje en tren, a la altura de Nules, nos bombardearon. A mi alrededor, tan solo veía compañeros muertos y cuerpos desmembrados. A los supervivientes nos dieron órdenes de subir a cualquier camión que fuera dirección a Castellón. Yo cogí uno de carabineros, pero dirección a Alicante. Me convertí en un desertor.
Tuve la suerte de caer herido en la batalla y me dieron un mes de permiso. Volví a mi pueblo, en la huerta de Alicante, a recuperarme. En ese tiempo, me casé con mi novia. Necesitaba a alguien que me cuidara y con quien desfogar un deseo sexual que, ante la inminencia de la muerte, se mostraba implacable. Carmen estaba locamente enamorada de mí y accedió.
Después de la boda, nos fuimos a vivir a Alicante, al barrio de Benalúa, al piso que un amigo me dejó. Tras la convalecencia, debía presentarme todos los días en el cuartel. Un martes del año 1938 fui, como todos los días, pero no me dejaron salir.
Debía presentarme en la plaza de toros de Castellón para formar una Brigada. Me dieron un suministro, que consistía en tres chuscos de pan y una lata de mermelada, y a las tres de la tarde cogí el tren lleno de asustados jóvenes uniformados.
Durante el viaje en tren, a la altura de Nules, nos bombardearon. A mi alrededor, tan solo veía compañeros muertos y cuerpos desmembrados. A los supervivientes nos dieron órdenes de subir a cualquier camión que fuera dirección a Castellón. Yo cogí uno de carabineros, pero dirección a Alicante. Me convertí en un desertor.
Relato de Virginia Cañizares

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