Tajo del gigantón Roldán


Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada de sol adonde quieres,
con un solar impulso, con una luz suprema,
cumbre de las mañanas y los atardeceres.

Miguel Hernández 


      Finestrat, pueblo erigido en la falda de la montaña del Puig Campana, debe su nombre a la derivación de «finistra» (‘ventana’). Esto es debido a la semejanza de una forma que hay en su cúspide con una gran ventana, que ha dado paso a leyendas e historias como la del «Tajo del gigantón Roldán». Cuenta que Roldán encontró su amor al pedirle agua a una hermosa doncella. Ella se sorprendió por su estatura, pero no se amilanó por ello y le ofreció su agua, a la vez que una tierna mirada y una provocadora sonrisa que cautivaron al instante al gigante. Con su consentimiento, la llevó a vivir con él a su cabaña, donde por un tiempo lograron ser felices.

      Al volver un día de caza, Roldán encontró a su amada agonizando, languideciendo con el día, y corrió con ella a la cima de la montaña, persiguiendo al sol que plácidamente se iba retirando. Ante la impotencia de evitar que se ocultara tras su cumbre, hizo un tajo en la roca formando una gran ventana y reteniendo así un poco más la luz que retrasaba su muerte. Coincidió el último suspiro de su amada con el último rayo de sol. Tanta fue su desesperación que, de impotencia y de rabia, le dio una patada a la roca cortada con tanta fuerza que la hizo caer en el mar, donde aún sigue hasta hoy como recuerdo del frustrado amor de la insólita pareja convertido en islote de Benidorm.

Relato de Victoria Carreres

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