Jamil en el «As-Sawda’»


Que de tanto mentir
Se hizo a sí misma lo que a otros,
se creyó a sí misma con los otros,
se partió a sí misma en minúsculos trozos
y se sirvió para comer.
El hambre, así,
dejó de tener límites.

Alicia García Núñez


     Todos conocían a Jamil como un muchacho huérfano y morisco que soñaba con embarcarse en una nave pirata. Había oído mil historias de boca de los ancianos acerca de cómo los piratas atacaban barcos cristianos para hacerse con todo lo de valor que transportaban.

     Corría el año 1542 cuando un majestuoso galeón,  el «As-Sawda’», atracó en el puerto luciendo en el mástil más alto su negra bandera con una calavera atravesada por un sable. Cuando el capitán anunció desde la proa que buscaba algunos marineros valientes y un grumete, Jamil no lo pensó dos veces y se enroló, cumpliendo así su sueño con tan solo catorce años.

     Pronto destacó por su valentía a la hora del abordaje, pero, con el paso del tiempo, sucedió algo con lo que no contaba: el despertar de su cuerpo.

     A solas, imaginaba cómo serían las enormes manos del capitán acariciándole. Le excitaba pensar en la sensación de abrazar a aquel hombre tan escultural como sanguinario y en lo placentero del balanceo de los dos cuerpos juntos, siguiendo el vaivén del barco.

     Cuando  anochecía, estos pensamientos se apoderaban de su voluntad, cogía una jarra de vino y se ocultaba todo lo posible del resto de marineros ebrios. A solas, en la oscuridad de las noches en el mar, daba rienda suelta a sus pasiones acariciándose el sexo hasta alcanzar el momento más placentero. Era entonces cuando se olvidaba de Jamil, el joven aprendiz de pirata, para que aflorase su verdadera identidad, la de una joven huérfana llamada Wardi.

Relato de Silvia Peña

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