La cueva de las calaveras y de los murciélagos en Benidoleig


Ella me dijo cuando la aurora había extendido su manto:
«Es la hora de tomar el vino del amanecer: ¡dámelo!»
La serví hasta que ella se tambaleó como las ramas
cuando las agita el viento.
Bebí yo el poso de las copas, pues ella había rehusado
para darme el «aperitivo».
Abu Bark Al-Faradi 


      Alí Moho, comerciante enormemente rico, sabiendo que las huestes de cristianos se acercaban por Denia, buscó con desespero dónde esconderse hasta que pasaran y dónde lograr ocultar sus riquezas, su séquito y el abundante harén de preciosas mujeres, con sus bellas favoritas que tanto le había costado encontrar y enseñar a complacerle.

      Supo de la cueva de Benidoleig, que por sus dimensiones era el lugar idóneo para todo su séquito, parientes y víveres, donde una vez sellada y oculta su puerta podría esperar sin pasar dificultades a que los cristianos desaparecieran, manteniéndose entretenido con orgías y bacanales, sin aburrirse. Uno para todas. Todas para uno.

      Poco tiempo pudo disfrutar una vez todos dentro y ocultos, pues un terrible terremoto retorció las entrañas de la tierra y todos quedaron sepultados.

     Al descubrirse la cueva en 1797, la primera expedición encontró huesos y calaveras junto a un ennegrecido revuelo de murciélagos que dieron nombre a la cueva.

     De oro y riquezas, nada se dijo y nunca se supo.


Relato de Victoria Carreres

No hay comentarios:

Publicar un comentario