Un mar, un mar del que ser cómplice.
Un mar al que contarle todo.
Francisca Aguirre

Corría el año 1542 cuando el galeón «As-Sawda’» entró en el puerto, majestuoso, luciendo con orgullo en el mástil más alto su negra bandera con una calavera atravesada por un sable. En la proa, con aire altanero, el capitán: un joven, morisco, atractivo y sanguinario pirata. Antes de volver a hacerse a la mar, reclutó a unos cuantos marineros y a un joven grumete.
Los días en el mar iban pasando entre sangre, pescado seco y vino agrio. El joven grumete era valiente y no se amilanaba a la hora de abordar cualquier nave. Pronto se fijó el capitán en él.
El sanguinario capitán pirata se debatía entre mantener su hombría o dejarse llevar a solas por la atracción que sentía por el joven Jamil sin entender bien qué había en aquel muchacho que lo hacía diferente al resto. Con estos pensamientos, se retiraba a su privado espacio para abandonarse en mil caricias que repartía por todo su cuerpo hasta alcanzar el clímax mientras en secreto soñaba que Jamil era una mujer.
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